Domingo de Ramos 2003
Con la entrada gloriosa de Cristo en Jerusalén y los acontecimientos que se siguen, vemos claramente cuán cambiante, cuán diletante, es la psicología humana, y también la psicología de masas.
En instantes es capaz de pasar del amor al odio, de la adoración a la idolatría, de la sumisión al rechazo, del aplauso a la denotación.
Hace unos momentos: "Hosanna al Hijo de David", ahora "Crucifíquenle!!!".
Claro, recién avanzaba por un camino cubierto de mantos y ramos, ahora una oscura y pesada sombra con forma de Cruz, está amaneciendo sobre sus divinas espaldas.
El pueblo -el populacho- cambia. Un pequeño grupo de obsecuentes lleno de odio, de envidia, de intereses egoístas y personales, de celos y ambiciones, logra cambiar a todo un pueblo que aclamaba a Cristo como Rey y Señor.
Pero el pueblo cambió no sólo porque fue acicateado, sino y principalmente, porque no tenía ideas claras, convicciones firmes y porque había aclamado al Señor sólo por interés mezquino, buscado milagros, milagros y más milagros.
En cuanto vieron que las manos que se levantaban para curar enfermos, multiplicar panes y peces y echar demonios se encontraban atadas y aparentemente sin más poder divino, se volvieron contra ellas, pidiendo la cabeza de Cristo.
Lo sucedido en Jerusalén es exactamente lo mismo que sucede hoy, día a día, en todos los ámbitos: en este nuevo "desorden" mundial, como en el tejido social de nuestra Patria; en el ámbito de las instituciones intermedias como en el seno de nuestras familias, para terminar con el principio de todo esto, cual es la intimidad de nuestra conciencia.
Ayer, el dueño del mundo era terrible y el musulmán aspirante a mártir. Hoy, que avanza triunfal sobre un camino alfombrado de cadáveres, no es tan malo, y el que cayó en desgracia debe ir al "panteón de los tiranos".
Ayer era un insulto la "pizza con champán" y el "shushi", y hoy clamamos por el uno a uno. Sin importar si en el ínterin el SI se transforma en NO o el NO en SI.
Sin importar si el amor de papá y mamá tienen el mismo status jurídico que el amor de él con él o de ella con ella.
Sin importar si el don de la vida vale más que la educación para el placer desenfrenado, vacío y egoísta. ¿Puede ser capaz de amar una vida inocente, la vida, su propia vida incluso, aquel a quien se le enseña que el otro es un objeto para satisfacer sanamente y sin compromisos ni riesgos sus pasiones?
Cuando un preservativo vale más que una persona, no podemos preguntarnos por qué nuestros niños mueren por desnutrición, por qué nuestros adolescentes deambulan borrachos por las calles, por qué nuestros jóvenes se drogan en las esquinas ni por qué nuestros ancianos se mueren con una inútil receta en sus manos.
En todo caso, la respuesta a esos porqués no la tiene Dios. La respuesta está en nuestro habitual "Hosanna al Hijo de David" que mañana se transformará en un estruendoso "Crucifícale!!!" , pues "No queremos que este reine sobre nosotros".
Y aquel: "Que su sangre caiga sobre nosotros", literalmente cae sobre nosotros en la sangre de los inocentes abortados, de los niños que mueren de hambre, de los que se arrojan a las vías del tren, en la sangre de tantos que caen cumpliendo su deber o que son asesinados por menos de treinta monedas de lata.
Las respuestas a estos porqués no la vamos a escuchar de boca de Dios. Cristo autem tacebat. El Verbo no hablaba. Se mantenía manso y mudo como oveja llevada al matadero. "He hablado públicamente, delante de todos."
Ante un Dios que pone la otra mejilla, la cobardía se vuelve coraje y la necesidad insatisfecha rencor, resentimiento y odio. Que se vuelve hacia el Inocente, hacia Aquel que si levanta su mano solo lo va a hacer para bendecir. Porque hacia el poderoso de este mundo toda rodilla se dobla pusilánimemente, hasta la degradación de la misma persona, hasta el despojo de la propia dignidad.
Este es un misterio de iniquidad. Esta es la historia del pecado, enquistado en el corazón del hombre, que en vez de acogerse a la misericordia divina, a la gracia y al don de un Dios que se hace hombre por nuestra salvación, no solo la rechaza, como si esto no fuera poco, sino que se enfrenta muchas veces decididamente a ella.
A la vez, este es el tiempo de volver a Dios. Hoy más que nunca, una oportunidad histórica, como no sé si hubo otra en el tiempo.
Hemos cosechado abundante y amargamente los frutos del jugar con Dios. ¿Queremos más de esto? ¿Más guerras, más disolución social?
¿Queremos seguir viendo cómo nuestras familias se desarman, cómo nuestros jóvenes vagan sin un sentido por la vida?
En fin, ¿queremos seguir viviendo divididos en nuestro interior, sin saber a veces hasta quienes somos, disgregados como personas, sin paz en nuestro corazón, con una conciencia que nos aplasta y mata nuestra esperanza hasta de vida eterna, de la felicidad que Cristo nos viene a traer con su Pasión, con su Muerte y con su Resurrección?
Hoy, con estos ramos en nuestras manos, tenemos que tomar una decisión. ¿Mañana dejaremos nuestra fe, como dejamos estos ramos, colgados en un cuadro de la habitación, para que se marchite, se seque y se deshoje?
¿Seremos de los que gritamos "crucifícale"? ¿O seguiremos avanzando tras los pasos de Cristo? O mejor aún, ¿dejaremos que Cristo camine el camino de nuestra vida de hoy en más?
Curiosamente, hoy bendecimos los ramos aquí. Lamentablemente el Viernes Santo lo celebramos en el templo, pues sobra lugar.
Hoy todos hemos venido cantando: "Hosanna al Hijo de David".
¿Qué gritaremos el Viernes Santo?
En instantes es capaz de pasar del amor al odio, de la adoración a la idolatría, de la sumisión al rechazo, del aplauso a la denotación.
Hace unos momentos: "Hosanna al Hijo de David", ahora "Crucifíquenle!!!".
Claro, recién avanzaba por un camino cubierto de mantos y ramos, ahora una oscura y pesada sombra con forma de Cruz, está amaneciendo sobre sus divinas espaldas.
El pueblo -el populacho- cambia. Un pequeño grupo de obsecuentes lleno de odio, de envidia, de intereses egoístas y personales, de celos y ambiciones, logra cambiar a todo un pueblo que aclamaba a Cristo como Rey y Señor.
Pero el pueblo cambió no sólo porque fue acicateado, sino y principalmente, porque no tenía ideas claras, convicciones firmes y porque había aclamado al Señor sólo por interés mezquino, buscado milagros, milagros y más milagros.
En cuanto vieron que las manos que se levantaban para curar enfermos, multiplicar panes y peces y echar demonios se encontraban atadas y aparentemente sin más poder divino, se volvieron contra ellas, pidiendo la cabeza de Cristo.
Lo sucedido en Jerusalén es exactamente lo mismo que sucede hoy, día a día, en todos los ámbitos: en este nuevo "desorden" mundial, como en el tejido social de nuestra Patria; en el ámbito de las instituciones intermedias como en el seno de nuestras familias, para terminar con el principio de todo esto, cual es la intimidad de nuestra conciencia.
Ayer, el dueño del mundo era terrible y el musulmán aspirante a mártir. Hoy, que avanza triunfal sobre un camino alfombrado de cadáveres, no es tan malo, y el que cayó en desgracia debe ir al "panteón de los tiranos".
Ayer era un insulto la "pizza con champán" y el "shushi", y hoy clamamos por el uno a uno. Sin importar si en el ínterin el SI se transforma en NO o el NO en SI.
Sin importar si el amor de papá y mamá tienen el mismo status jurídico que el amor de él con él o de ella con ella.
Sin importar si el don de la vida vale más que la educación para el placer desenfrenado, vacío y egoísta. ¿Puede ser capaz de amar una vida inocente, la vida, su propia vida incluso, aquel a quien se le enseña que el otro es un objeto para satisfacer sanamente y sin compromisos ni riesgos sus pasiones?
Cuando un preservativo vale más que una persona, no podemos preguntarnos por qué nuestros niños mueren por desnutrición, por qué nuestros adolescentes deambulan borrachos por las calles, por qué nuestros jóvenes se drogan en las esquinas ni por qué nuestros ancianos se mueren con una inútil receta en sus manos.
En todo caso, la respuesta a esos porqués no la tiene Dios. La respuesta está en nuestro habitual "Hosanna al Hijo de David" que mañana se transformará en un estruendoso "Crucifícale!!!" , pues "No queremos que este reine sobre nosotros".
Y aquel: "Que su sangre caiga sobre nosotros", literalmente cae sobre nosotros en la sangre de los inocentes abortados, de los niños que mueren de hambre, de los que se arrojan a las vías del tren, en la sangre de tantos que caen cumpliendo su deber o que son asesinados por menos de treinta monedas de lata.
Las respuestas a estos porqués no la vamos a escuchar de boca de Dios. Cristo autem tacebat. El Verbo no hablaba. Se mantenía manso y mudo como oveja llevada al matadero. "He hablado públicamente, delante de todos."
Ante un Dios que pone la otra mejilla, la cobardía se vuelve coraje y la necesidad insatisfecha rencor, resentimiento y odio. Que se vuelve hacia el Inocente, hacia Aquel que si levanta su mano solo lo va a hacer para bendecir. Porque hacia el poderoso de este mundo toda rodilla se dobla pusilánimemente, hasta la degradación de la misma persona, hasta el despojo de la propia dignidad.
Este es un misterio de iniquidad. Esta es la historia del pecado, enquistado en el corazón del hombre, que en vez de acogerse a la misericordia divina, a la gracia y al don de un Dios que se hace hombre por nuestra salvación, no solo la rechaza, como si esto no fuera poco, sino que se enfrenta muchas veces decididamente a ella.
A la vez, este es el tiempo de volver a Dios. Hoy más que nunca, una oportunidad histórica, como no sé si hubo otra en el tiempo.
Hemos cosechado abundante y amargamente los frutos del jugar con Dios. ¿Queremos más de esto? ¿Más guerras, más disolución social?
¿Queremos seguir viendo cómo nuestras familias se desarman, cómo nuestros jóvenes vagan sin un sentido por la vida?
En fin, ¿queremos seguir viviendo divididos en nuestro interior, sin saber a veces hasta quienes somos, disgregados como personas, sin paz en nuestro corazón, con una conciencia que nos aplasta y mata nuestra esperanza hasta de vida eterna, de la felicidad que Cristo nos viene a traer con su Pasión, con su Muerte y con su Resurrección?
Hoy, con estos ramos en nuestras manos, tenemos que tomar una decisión. ¿Mañana dejaremos nuestra fe, como dejamos estos ramos, colgados en un cuadro de la habitación, para que se marchite, se seque y se deshoje?
¿Seremos de los que gritamos "crucifícale"? ¿O seguiremos avanzando tras los pasos de Cristo? O mejor aún, ¿dejaremos que Cristo camine el camino de nuestra vida de hoy en más?
Curiosamente, hoy bendecimos los ramos aquí. Lamentablemente el Viernes Santo lo celebramos en el templo, pues sobra lugar.
Hoy todos hemos venido cantando: "Hosanna al Hijo de David".
¿Qué gritaremos el Viernes Santo?
Agradezco al Pbro. Sergio Torcello.
por permitirme publicar su Homilía del Domingo de Ramos 2003
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