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   domingo, mayo 18, 2003

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Leyendo


Siguiendo con el análisis del libro ¿Por qué creemos?
de Mons. Giaquinta



Creo en Dios
La experiencia de que no eres por ti mismo… Que eres un ser radicalmente enfermo, "infirmus", "no firme", débil… Descubrir que eres de Otro y para Otro…
Dejar que tu "infirmitas" se vaya anegando, empapando, sin rechazos, sin resistencia, de la infinita firmeza de ese Otro… Este es el descubrimiento y la experiencia suprema del hombre. Y para hacerla es convocado a la existencia todo ser humano. Si lo logra llegó a ser hombre de verdad. Si no lo logra, pobre, no traspuso el umbral de los más desarrollados antropoides.
A esta experiencia la llamo fe.


Le creo a Dios…
¿Y qué? Con fe y todo ¿no es el mundo un infierno? Piensa, simplemente, en toda la ciencia y técnica que el hombre moderno ha acumulado para matar y rematar varias veces a toda la humanidad (más de 450 mil millones de dólares anuales en armamentos, a 100 dólares per cápita entre los habitantes del mundo -¿para defendernos?-). Piensa, por otra parte, en la incapacidad para concretar esfuerzos mucho menores a fin de evitar que muchos hombres se mueran de hambre (bastarían apenas 3.000 millones de dólares, a 66 céntimos de dólar per cápita). [Escrito en 1979]

¿No será que la ge en Dios es, como dicen, la alienación del hombre? Ya Santiago escribía: "Tú crees que hay un solo Dios. Haces bien. También los demonios y tiemblan…" (2, 18).

La ciencia no bastará nunca para salvar por sí misma al hombre, e incluso puede ser orientada totalmente hacia su destrucción. Urge la fe. "De hecho, como el mundo mediante su propia sabiduría no conoció a Dios en su divina sabiduría, quiso Dios salvar a los que crean mediante la necedad de la predicación" (1 Cor 1, 21).

Fe es, sobre todo, la certeza firmísimo de que, en medio del aparente sinsentido humano, Dios tiende caminos invisibles para llegar a nosotros a salvarnos. Lo primero habla de la grandeza del hombre y de su inteligencia. Lo podríamos rotular "creo que hay un Dios", lo cual lo pueden decir también los demonios. Lo segundo habla del amor infinito de Dios y de nuestra confianza en él sin reservas. Lo podríamos rotular "creo en Dios", o mejor "le creo a Dios". Esto es lo propio de los auténticos creyentes.


¿Ver para creer?
¿Y cuáles son las pruebas que Dios me da para que le crea?

Cualquiera de las obras realizadas por Jesús es suficientemente demostrativa de su misterio. Muestran que viene del Padre (Jn 14, 8-11), que él y el Padre son una sola cosa (Jn 10, 37-38). Pero no como son demostrativas las fórmulas matemáticas o de otras ciencias. Más bien como son demostrativas las señales de la vida y el amor. Para captarlas a estas no basta un determinado funcionamiento de las neuronas. Es preciso que el amante se transmute todo entero frente al ser amado en una gran capacidad de conocimiento, y entonces lo comprenderá en cuanto tal. Caso contrario deberá conformarse con una identificación solo exterior del sujeto, como la que hace un empleado del Registro de las Personas.

Entre la razón humana y el misterio de Dios, si bien hay una cierta inclinación de la primera hacia el segundo, existe una desproporción actual infinita entre ambos. Como escribía el apóstol san Pablo, "el hombre racionalista no capta las cosas del Espíritu de Dios. Son necedad para él. Y no las puede conocer pues sólo espiritualmente pueden ser juzgadas" (1 Cor 1, 22).

Ver para creer, dice el hombre de la calle cuando se refiere a las anécdotas inauditas que suceden a diario en el acontecer humano. Pero el procedimiento es totalmente al revés cuando se trata de conocer la gran noticia de nuestra salvación. Hay que creer para ver. Creyéndole a Dios, logramos ver el significado de todas las demás cosas, aún las más altas, pues se nos hacen evidentes con la misma luz de Dios. "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?" (Jn 11, 40). "El que rehusa creer en el Hijo no verá la vida" (Jn 3, 36). Entendida así la fe es el más racional de los actos humanos.
Aceptar lo que no se ve, no como un cuento de niños o como hipótesis imaginativa para el progreso de la ciencia, sino como don que Dios nos promete y nos da ciertísimamente para nuestra salud, eso es la fe.

"Dichosos los que no han visto y han creído" (Jn 20, 29)

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