Los Dones de Espíritu Santo
El Don de entendimiento
El don de entendimiento es como un instinto divino, para aquello de sobrenatural hay en el mundo. Y lleva a captar el sentido más hondo de la Sagrada Escritura, la presencia de Cristo en cada sacramento, y de una manera real y substancial en la Sagrada Eucaristía. Quienes son dóciles al Espíritu Santo purifican su alma, mantienen la fe despierta, descubren a Dios a través de todas las cosas creada y de los sucesos de la vida ordinaria. El que vive en la tibieza no percibe ya estas llamadas de la gracia, tiene embotada su alma para lo divino, y ha perdido el sentido de la fe, de sus exigencias y delicadezas.
El Don de ciencia
A la luz del don de ciencia, todo lo de este mundo -al que amamos y en el que debemos santificarnos- aparece con el sello de la caducidad, mientras se señala con toda nitidez el fin sobrenatural del hombre, al que debemos subordinar todas las realidades terrenas, cuando sin él, queda obscurecido, e incluso cegado, por lo que San Juan llama la concupiscencia de los ojos (1 Juan 2, 16). Para obtener este don necesitamos pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a ser más humildes, y acudimos a la Virgen, Nuestra Señora. Ella es Madre del amor hermoso, y del temor, y de la ciencia, y de la santa esperanza (Eclo 24, 24).
El Don de sabiduría
El don de sabiduría nos da una fe amorosa, penetrante, una claridad y seguridad en el misterio inabarcable de Dios, que nunca pudimos sospechar;
ilumina nuestro entendimiento y enciende nuestra voluntad para poder descubrir a Dios en lo corriente de todos los días, en la santificación del trabajo, en el amor que ponemos por acabar con perfección la tarea, en el esfuerzo que supone estar dispuesto a servir a los demás. Esta acción amorosa del Espíritu Santo sobre nuestra vida sólo será posible si cuidamos con esmero los tiempos que tenemos especialmente dedicados a Dios: la Santa Misa, los ratos de oración, la Visita al Santísimo.....y esto en las temporadas normales, en los tiempos de aridez o en los que el trabajo parece superar nuestra capacidad. Pidamos a la Virgen, Nuestra Madre, asiento de la Sabiduría, nos disponga para recibir este don.
El Don de consejo
El don de consejo supone haber puesto los demás medios para actuar con prudencia: recabar los datos necesarios, prever las posibles consecuencias de nuestras acciones, echar mano de la experiencia en casos similares, pedir consejo oportuno, y escuchar humildemente las directrices de la Iglesia: es la prudencia natural esclarecida por la gracia. Este don es de gran ayuda para mantener una conciencia recta, sin deformaciones e ilumina con claridad el alma fiel a Dios para no aplicar equivocadamente las normas morales, para no dejarse llevar por los respetos humanos, o por criterios del ambiente o de la moda, sino según el querer de Dios.
El Don de piedad
Este don del Espíritu Santo nos mueve y nos facilita el amor filial a nuestra Madre del Cielo, la devoción a los ángeles, especialmente a nuestro
ángel custodio, y a los santos, particularmente a aquellos que ejercen un especial patrocinio sobre nosotros; a las almas del purgatorio necesitadas de nuestros sufragios, el amor al Papa, como Padre común de todos los cristianos. El sentido de la filiación divina nos impulsa a querer y a honrar cada vez mejor a nuestros padres, cuya paternidad viene a ser una participación y un reflejo de la de Dios. Este don nos inclina a rendir honor a las personas constituidas legítimamente en alguna autoridad y a los ancianos. Su campo de acción abarca aun las cosas creadas, "consideradas como bienes familiares de la Casa de Dios" (M.M.PHILIPON, Los dones del Espíritu Santo). Consideremos hoy muchas veces durante el día que somos hijos de Dios.
Don de fortaleza
Este don produce en el alma dócil al Espíritu Santo un afán siempre creciente de santidad, que no mengua ante los obstáculos y dificultades. Sobre
ésto dice Santa Teresa: importa mucho, y el todo, una grande y muy determinación de no parar hasta llegar a ella (a la santidad), venga lo que
viniere, suceda lo que sucediere, trabájase lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo" (Camino de perfección, 21,2) . El martirio es el acto supremo de la fortaleza, y Dios lo ha pedido a muchos fieles a lo largo de la historia de la Iglesia; sin embargo, lo ordinario será que espere de nosotros el heroísmo en lo pequeño, en el cumplimiento diario de los propios deberes.
El Don de temor de Dios
El don de temor se halla en la raíz de la humildad, en cuanto da al alma la conciencia de su fragilidad y la necesidad de tener la voluntad en fiel y
amorosa sumisión a Dios. También está en íntima relación con la virtud de la templanza, que lleva a usar con moderación de las cosas humanas subordinándolas al fin sobrenatural. Este don, infundido con los demás en el Bautismo, nos llevará a huir con rapidez de las ocasiones de pecado y hacer con profundidad el examen de conciencia y a dolernos de nuestras faltas. Pidamos que, con delicadeza de alma, tengamos muy a flor de piel el sentido del pecado.
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