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   miércoles, julio 30, 2003

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¿CÓMO PODRÉ PERDONAR?
(Parte IV)


Perdonar al insolente

Si no hay respuesta de la otra parte, no es posible recomponer la relación. No podemos restablecer la paz, pero, aun en tiempo de guerra, podemos seguir amando. Dios lo hace. "Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen; seréis así hijos de vuestro Padre celestial que hace que el sol brille sobre buenos y malos".

Podemos proceder por los primeros pasos del perdón:
  • sentir nuestro dolor y nuestra cólera,

  • comprender lo que ha sucedido,

  • estimar a la otra persona.

  • Después podemos emplear el amor, lo que quiere decir que tenemos que dejar de abrigar pensamientos de odio y venganza. Si encontramos un enemigo que está hambriento le alimentamos. Si encontramos un enemigo herido, lo curamos. Y, si vemos que ese enemigo está atacando y causando daños, empleamos toda nuestra energía y coraje para controlarlo.

    El amor puede ser amable y compasivo, pero el amor puede también ser enérgico y lleno de indignación moral. Jesús nos mostró muy bien estos dos aspectos del amor. Aceptó a la gente herida, culpable y despreciada por la sociedad. Pero se indignó con la gente engreída que oprimía a los pobres con grandes cargas.

    La cólera puede contribuir al bien, cuando salva a los demás o nos vuelve a poner en pie a nosotros mismos. Pero, en cuanto se siente triunfante y nos coloca sobre los demás, es peligrosa. Hemos de abandonarla en cuanto se vuelva insolente, incapaz de ningún cambio positivo.

    Perdonar a los muertos
    La familia del difunto estaba furiosa porque el funeral había sido fijado para una hora muy temprana. En realidad, por lo que estaban furiosos era por tener que aparecer tristes ante la muerte del difunto, a quien habían deseado la muerte desde hacía muchos años.

    La ira y la culpabilidad pueden mezclarse con el dolor y la pena, cuando muere alguien que te hirió en vida. En esta situación, la ira no sirve para nada bueno. Decídete a suprimirla. Pero tómate tu tiempo. Ahora mismo no hay prisa. Sientes pena y sientes rabia. Déjalo todo en las manos de Dios. Trata, poco a poco, de recomponer el recuerdo de una persona a quien, hubo un tiempo en que respetabas y amabas. Sé agradecido por las cosas buenas, y también por lo que aprendiste en el dolor.

    Perdonar en un divorcio

    Una esposa o un esposo abandonados necesitarán tiempo para digerir la indignación y para conseguir una visión serena de lo sucedido, tratando de superar la desesperanza. Con los niños ya es diferente. Necesitan reconciliarse con el padre o la madre que han perdido; necesitan poder seguir amándolos. El divorcio puede ser más duro que una ofensa. Hay que seguir los mismos procesos: sentir dolor, sentir rabia, y finalmente, superarlo. Pero siempre existe el peligro de que un nuevo contacto, familiar o económico, vuelva a reavivar todo el conflicto.

    Ni inocente ni culpable

    No me digas que no hay culpables en una ruptura conyugal, decía Ana. Ella se hallaba en lo más álgido de su estupor y su dolor por el incalificable abandono de su esposo después de veinticinco años de matrimonio. Pero, cuando se pretende una reconciliación conyugal, hay que dejar de pensar en que exista una parte inocente y una parte culpable.

    Cuando dos han compartido un amor profundo, han descubierto mutuamente todas sus debilidades y limitaciones. Son vulnerables a un dolor profundo y son también capaces de una gran alegría. El perdón no consiste únicamente en olvidar el pasado. El perdón consiste en volver a construir la confianza. Es decir: Voy a seguir siendo sincero contigo. No voy a levantar barreras para protegerme. Aunque vuelvas a fallar; te seguiré perdonando.

    A los seres que amamos no podemos adaptarlos exactamente a nuestra medida. Siempre habrá heridas en nuestro amor. No sólo en el matrimonio resulta difícil trazar una línea entre el ofensor y el ofendido. También en otro tipo de relaciones herimos a los demás y somos heridos a nuestra vez. "¿Cuántas veces tengo que perdonar?, preguntó el apóstol Pedro a Jesús. "¿Hasta siete veces? Jesús le dijo: "No hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete".

    El perdón no siempre significa un volver adonde estábamos antes. A veces, las heridas se producen por haber concedido al otro demasiadas exigencias. Parte del proceso de reconciliación consistirá en admitirlo y en comenzar a decir no a esas excesivas exigencias. Pero esto implica también sus riesgos. Quizá la otra parte no esté dispuesta a admitir esas nuevas limitaciones. Te puede acusar de no haber perdonado. Habrá que recorrer, tal vez, un camino difícil antes de que florezca completamente la nueva relación con esa persona. Quizá nunca se consiga del todo. El amor incluye una buena dosis de buena voluntad y, si es preciso, de condescendencia.

    ¿De nuevo amigo o deudor permanente?

    El verdadero perdón no reclama compensaciones de ninguna clase. Pero, el verdadero arrepentimiento sí incluye un esfuerzo por recomponer bien las cosas. Si piensas que las personas valen más que las cosas, nunca pensarás que las heridas personales se pueden curar con cosas. Nunca pongas precio al perdón. El perdón tiene que ser gratuito. Se acabaron las reclamaciones.

    Jack decía que había perdonado a su hermano por la conducción negligente que causó el accidente que le iba a costar el uso de sus piernas. Pero pasaron meses y años en los que Dick seguía empujando aquella silla de ruedas, seguía pagando y pagando por aquel accidente. ¿Era Jack quien le imponía esta carga o era Dick quien se la imponía a sí mismo?

    Así como es verdad que el que perdona tiene que ser generoso, también es verdad que el que se arrepiente tiene que realizar compensaciones. La reconciliación sería falsa, si el resultado deja a una de las dos partes en posición moralmente superior. Si el que perdona rechaza toda oferta de ayuda y domina a la otra persona forzándola a sentirse agradecida, entonces estamos ante un falso perdón. Si la persona perdonada insiste en realizar pagos enormes o extraordinarios sacrificios para conseguir el perdón, entonces estamos ante un falso arrepentimiento.

    Para evitar estos peligros, es importante no precipitar el proceso del perdón. Comenzar pronto, sí. Pero tomarse su tiempo para que ambas partes estimen equilibradamente cuál es la oferta y dónde termina la responsabilidad

    El poder de perdonar

    Hemos recorrido varios pasos hacia el perdón: examinar la ofensa y la cólera; comprender qué es lo que ha sucedido y cuál es el punto de vista de la otra parte; hacer que desaparezca la cólera.

    Quizás tú mismo has realizado ya cada uno de estos pasos. Sin embargo, el haber dado estos pasos y el haber comprendido el problema no habrá curado totalmente la herida. Más pronto o más tarde, tendrás que decidirte a perdonar y a emprender el difícil camino del amor.

    ¿Cómo lograrlo? ¿Cómo conseguir la fuerza para hacer algo tan difícil como esto?

    Ya hemos dicho que Dios espera que los que él ha perdonado, perdonen también ellos, a su vez. El nos ordena perdonar. Pero no espera que lo hagamos todo con solas nuestras fuerzas. Si queremos de veras perdonar el mal que nos han hecho, él nos promete su ayuda. Infinidad de personas han descubierto que, si confían en Dios, Él les ha concedido esa fuerza.

    Sólo tienes que pedírselo: "No puedo perdonar a esa persona. Dame fuerzas para perdonar". Pronuncia esta oración y obra en consecuencia. Decide no alimentar más tu herida. No aguardes a que la otra realice el primer movimiento. Realízalo tú. Siempre que hables con otros, habla bien de la persona a quien has perdonado. Si el resentimiento vuelve a arañar tus pensamientos, acuérdate de que tú ya has hecho tabla rasa del asunto... como Dios lo ha hecho contigo. La herida ha sido ya desinfectada y cosida. Se está curando. Ya eres libre.

    Graciela Fernández Criado
    Bibliografía: Vera Sinton
    Ediciones Mensajero
    2a. Edición, España
    www.iglesia.org

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