¿CÓMO PODRÉ PERDONAR?
(Parte II)
Tampoco tu eres perfecto
Hemos visto que una de las razones para perdonar está en tu propio interior: el resentimiento te hace mucho daño. Pero también hay otra razón más externa: y es que ninguno de nosotros es perfecto. Si eres sincero, tienes que admitir que, como todos los demás, tú también, con frecuencia, necesitas perdón. Necesitas el perdón de los demás. Necesitas el perdón de Dios. Quizá este último pensamiento sea nuevo para ti. Tus palabras y tus acciones tienen mucho más alcance del que crees. No es un asunto privado tuyo. Son también asunto de Dios, que conoce hasta el más mínimo detalle de tu vida.
Cuando eres holgazán, desleal, descuidado, mordaz, ambicioso o cobarde, ofendes al Dios que te creó. Cuando hieres a otra persona, cuando descuidas el poner en marcha la energía y las facultades que posees, en realidad, estás hiriendo al Padre que se preocupa por ti y por los que están en torno a ti, que eres hijo de Dios.
En cierta ocasión, el rey David se enamoró de la esposa de uno de sus soldados y tramó la muerte de éste. Cuando comenzó a sentir remordimientos de lo que había hecho, escribió a Dios un poema en el que decía: "¿Ante ti, sólo ante ti he pecado!. Comprendió la trascendencia de sus acciones ante los ojos de Dios, que es el que se preocupa de todos.
Esto te puede parecer muy complicado, sobre todo, si aún sientes rencor por lo que otros te hayan hecho. Pero, en realidad es el anuncio de una buena noticia. La buena noticia es que Dios te ofrece un perdón total. Y te lo ofrece en la medida en que tú te tomes también en serio el mal que hayas hecho con tus culpas y tus pecados. El perdón de Dios tiene su partida en un acontecimiento real que sucedió hace veinte siglos, pero que aún hoy conserva plenamente su inmensa virtualidad.
Ponte a pensar, por ejemplo, en algunas cosas que te costaría mucho perdonar:
Injusticia llevada a cabo por fines políticos
Destrucción envidiosa de un hombre por la buena influencia que ejercía sobre los demás
Ser vendido, por dinero, por alguien en quien tú confiabas
Traición de un íntimo amigo quien, en momentos de peligro, niega que te hubiera conocido
Ser golpeado y escarnecido, sólo por un rato de diversión
Permitir que se condene a un inocente a una de las más crueles muertes jamás imaginadas
Burlarse de una persona mientras sufre un horroroso tormento
Jesús, el Hijo de Dios, es la única persona inocente que jamás haya existido. Mientras le sucedían todas estas cosas, Él seguía amando a la gente que se las hacía, ofreciendo amistad al que le traicionaba, avisando a sus compañeros de lo que iba a suceder. Respondió amablemente al gobernador que lo sentenciaba. Oró claramente en favor de los soldados que clavaron sus pies y manos a una cruz: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen".
Sobrellevó todo el castigo de todos los pecados cometidos por su pueblo durante toda la historia. Experimentó lo que era sentirse apartado de Dios. Gritó: "¿Por qué me has abandonado?". Dios le respondió con una demostración única de su poder sobre el universo. Resucitó a su Hijo. Jesús volvió a encontrarse con sus seguidores y les comunicó la buena noticia que habían de trasmitir a todo el mundo: el ofrecimiento del perdón y de una nueva vida vivida en el amor de Dios.
El perdón que Dios nos ofrece no ha sido un perdón barato y fácil. Esta es la historia de la cruz de Jesucristo. Dios derramó sobre nosotros un amor costosísimo, al enviar a su Hijo Unigénito a morir por ti y por mí. Y, en consecuencia, nos invita a volvemos a él y decirle: "Me arrepiento de mi pecado. Creo que Jesús murió por mí. Perdóname y haz que vuelva a ser tu hijo o tu hija". Pero, date cuenta de que, si das este paso, también tú te comprometes a perdonar.
El perdonado ha de perdonar
El resentimiento sin perdón suele compararse con lo que sentimos cuando alguien nos debe dinero. Podemos rabiar y echar humo, pero esto no arregla nada si el deudor no tiene con qué pagarnos. En el asunto del perdón, hay muchos casos en los que el ofensor no puede arreglar las cosas. Es muy raro que sea capaz de poder enmendar las cosas exactamente.
¿Quién puede arreglar la muerte de un hijo o de una hija? ¿Quién puede borrar los efectos de un rumor malicioso? La única salida para la persona ofendida es aceptar la pérdida y tratar de cancelar la "deuda".
Ya hemos visto que ninguno de nosotros es perfecto. Constantemente estamos hiriendo a Dios. Estamos totalmente en deuda con él y nada podemos hacer, como no sea solicitar su perdón. Pero Dios es enormemente generoso. Si se lo pedimos, nos perdona. Por obra de su amor en la cruz, la deuda ha quedado perdonada. Pero existe una condición. Es preciso que demostremos que hemos entendido el amor de Dios y que nos arrepentimos de veras de nuestro pecado.
Jesús nos lo explicó de esta manera: si aceptamos el generoso perdón de Dios por esta deuda nuestra de muchos millones, estaría totalmente fuera de la cuestión el que, por nuestra parte, nos negáramos a perdonar a los demás una deuda de unos pocos centenares:
"Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
Así está escrito en la célebre oración con la que Jesús nos enseñó a orar. El Dios que nos perdona nos exige que nosotros perdonemos a los demás.
Estas son, pues, las dos razones que tenemos para perdonar, que el resentimiento nos hace daño, y que un corazón que no perdona entristece a Dios. Veamos ahora los pasos que hemos de dar hacia el perdón.
Ser sincero ante tu ira
El primer paso hacia el perdón es examinar la herida y ser sincero contigo mismo acerca de tus sentimientos.
La respuesta normal ante la herida es la ira, pero la ira puede expresarse de dos maneras opuestas.
Podemos lanzarnos al ataque: increpamos, criticamos, realizamos gestos amenazantes. Y, si hemos sido gravemente provocados, damos golpes, bofetadas o puñetazos.
nos batimos en retirada. Ponemos gesto sombrío, rehusamos cooperar. Hacemos el vacío. Con nuestro proceder damos a entender que ya no confiamos más. En una querella, el silencio puede ser tan agresivo como los gritos.
Hay gente que ha sido educada en ambientes en los que está mal visto el realizar gestos airados. Estos no suelen querer reconocer que se hallan airados. "No estoy furioso -me decía uno mientras apretaba los puños y me miraba fijamente-. Tú nunca serás capaz de ponerme furioso". No podemos menos de sonreír cuando oímos a alguien que grita: "Yo no estoy gritando". Tu ira puede ser como un fuego devastador o como un iceberg. En ambos casos, tu mirada, la forma de sentarte o de estar de pie, el tono de tu voz, las palabras que usas, casi siempre indicarán a los demás que estás furioso.
Es muy importante ser capaz de examinar e identificar lo que estás sintiendo. Describir tus sentimientos de la forma más precisa posible:
Estoy decepcionado.
Me siento irritado.
Esto me pone furioso.
Estoy triste y dolido.
Mi reacción ante este lío es sentirme estupefacto y paralizado.
No siempre es fácil el reconocer nuestros verdaderos sentimientos. Cuando uno ha sido herido muy profundamente, la confianza en sí mismo y el sentido de su propia valía pueden sufrir un fuerte bajón. La ira inicial puede quedar profundamente sepultada bajo un sentimiento de fracaso e inutilidad. Puede ser hasta peligroso el tratar de precipitar un perdón instantáneo.
"Airaos, pero no pequéis -dice la Biblia-. El sentimiento inicial no es malo. No derroches energías en tratar de negarlo; usa, más bien, tu energía en situar la ira bajo control y en resolver la situación. Una manera de desahogar nuestra ira es hablar de ello con Dios. El hablar con Dios no tiene por qué reducirse a recitar las oraciones ya conocidas. En la Biblia hay muchos otros ejemplos de oración, en los que la gente expresa libremente sus dudas, sus temores, su rabia ante la injusticia.
El niño pequeño que se abalanza a golpear a su padre en un arranque de ira encontrará consuelo antes que el que se retrae y se enfurruña.
Dios es admirablemente compasivo. El descargar nuestros más penosos sentimientos sobre él, puede constituir el primer paso para conseguir su ayuda y recobrar nuestra paz de espíritu.
Graciela Fernández Criado
Bibliografía: Vera Sinton
Ediciones Mensajero
2a. Edición, España
www.iglesia.org
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