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   lunes, julio 28, 2003

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¿CÓMO PODRÉ PERDONAR?
(Parte III)


Contemplar el asunto con realidad

El segundo paso en el proceso hacia el perdón es el tener una visión clara de lo que realmente sucedió.
Quizá descubras que tus sentimientos iniciales fueron una reacción excesiva ante la situación. Hasta es posible que el lío en que te encuentras, el dolor o el miedo que experimentas, comiencen a parecerte algo cómicos.
El sentido del humor es un gran don. La gente más equilibrada es la que no se ofende ante un simple error o fallo, porque ven pronto el lado ridículo de las cosas. Sus sentimientos de ira se tornan pronto en golpes de risa.
Cierto que la risa no será lo más propio en muchas ocasiones. Pero es que, la alternativa ¿es siempre el echarle la culpa a alguien?

Una profesora de colegio quedó absolutamente desconcertada por no haber aprobado el examen de conducir. Después de darle muchas vueltas dentro de su cabeza, se convenció de que había sido calificada injustamente. Detrás de su ira se hallaba el hecho de que jamás en la vida había sido suspendida en un examen. Tenía un historial intacto de éxitos, y este fallo se le antojó un terrible desastre.
Para los espectadores imparciales era evidente que tenía un erróneo concepto de sí misma: -"Nunca puedo fallar"-, y que su desconcierto se debía a esto. El tener la experiencia de que no era una catástrofe el volver a repetir el examen iba a ser mucho más provechoso para ella que el haberlo aprobado.
"¿Por qué te fijas en la mota en el ojo de tu hermano y no adviertes la viga que hay en el tuyo?" -preguntaba Jesús empleando una hiperbólica comparación.
Se estaba refiriendo a un fallo humano bien conocido. Tendemos a advertir y criticar en los demás las cosas que suelen constituir nuestros principales defectos.

"No soporto a John -decía Arthur-. Siempre trata de ser la estrella del grupo".
El pobre Arthur se quedó perplejo ante la carcajada que estalló en el grupo. Nos costó bastante el volver a animarle. Creó que le ayudamos a ser más equilibrado.
Ocurre un problema parecido cuando surgen en el presente sentimientos acerca de fallos previos no perdonados.

Carol trajo a casa a su novio para presentarlo a sus padres.
"Nunca traigas más a ese hombre a mi casa -le dijo su padre-. Se ha portado como un esquirol entre sus compañeros de trabajo".
Ya hacía años que el padre de Carol había dejado de hablar de su amargura por la huelga que le costó su puesto de trabajo. Carol creyó que ya había perdonado a sus patronos. Ahora se dio cuenta de que toda su amargura estaba dirigida contra los trabajadores que habían traicionado su causa.
Hemos visto que, cuando algo nos pone furiosos, la fuerza de estos sentimientos puede provenir de nuestra historia pasada o de nuestras expectativas poco realistas. Hemos de aprender a conocemos a nosotros mismos para evitar así el culpar injustamente a los demás.

Ver el punto de vista del otro

Ahora, que tienes una idea clara de lo que ha sucedido y de cómo te sientes acerca de ello, el paso siguiente es tratar de comprender el punto de vista del otro.

Los franceses tienen un proverbio:
Comprenderlo todo es perdonarlo todo

Encierra mucha verdad. Cuando llegas a comprender el asunto, puede que el problema desaparezca. Pero aquí no acaba todo. Comprender es un paso que nos enseña qué cosas pueden excusarse y qué cosas necesitan perdón. Una vez que comprendo qué es lo que es lo que pasaba por ti, cuando me heriste, yo podría decir:

Me doy cuenta de que ha sido un accidente. No fue más que un malentendido. No ha sido culpa de nadie. Estabas bajo una presión tal, que no has podido evitarlo. Tú no podías pensar que yo me iba a sentir ofendido.

Una vez comprendido todo, yo te excuso. Es como si, en mi interior tribunal de justicia, hubiera sentenciado: "No hay lugar".

Puede ocurrir, sin embargo, que, una vez habiendo comprendido todo, tenga que acusarte:
No has tenido cuidado. No has tratado de comprender. Te ha faltado sensibilidad. A pesar del estrés, deberías haber tenido más autocontrol.

Cuando reprendemos la actuación de alguien, le estamos diciendo: "Tú eres una persona madura. Sabes que hay cosas que están bien y que están mal. Tú eres capaz de elegir. Yo te considero responsable de esta actuación".
Porque, si excusamos algo que está evidentemente mal, le estamos, de alguna manera diciendo al culpable: "La verdad es que esperaba muy poco de ti. Yo te desprecio. No te considero merecedor de mi indignación".

Una vez que hemos excusado lo que conviene excusar, y una vez que hemos reprendido lo que hay que reprender, entonces estamos en situación de poder decir:

Sí. Tú has hecho esto. Acepto tus excusas. Ya no te lo voy a tener guardado. Seguiré confiando en ti como antes.

Llegados a este punto, nos enfrentamos con el costo total del perdón. Puede que esté fuera de nuestro alcance. Que solos no podamos conseguirlo.

El papel del amor

Recapitulemos:

Alguien te ha herido.
Eres consciente de lo que ha ocurrido y de cómo te sientes.
Comprendes lo que sentía la otra parte y, hasta cierto punto, le excusas.
Pero, aun así, hay algo que ha estado mal y tú le reprendes por ello.

Ahora bien, ¿dónde encontrar el poder y la voluntad para perdonar?
¿Temes que no sea posible, y que las cosas no van a volver a estar como antes?
¿Pretendes que todo dependa de la otra persona? Tú únicamente perdonas, si el otro se excusa humildemente y hace que te sientas gloriosamente generoso.
¿No dependerá, más bien, de lo generoso que te muestras hacia el otro?
Es el amor el que nos proporcionará un poderoso motivo para perdonar.
Si amamos a alguien, no lo abandonaremos. A los seres queridos no podemos arrojarlos por ahí como un trapo viejo. Perderlos es como si nos cortaran un dedo. Podremos sentimos furiosos con ellos y creer que el perdonar va a ser difícil y doloroso. Pero también sabemos que, a la larga, nos va a doler mucho más el perder su amor.
Muchos de nosotros hemos aprendido a perdonar cuando éramos niños. Lo hemos aprendido con nuestros padres y nuestros cuidadores a los que amábamos y necesitábamos. Ahora somos grandes, pero tenemos que seguir aprendiendo cosas nuevas. Siempre cometemos fallos y equivocaciones. La experiencia de ser amados y perdonados sigue ayudándonos a crecer y a convertirnos en personas amables.
Ya hemos aprendido que los adultos tampoco somos perfectos. A veces admitimos nuestras equivocaciones y nos perdonamos. Esto nos acerca más unos a otros; nos sentimos más seguros. Pero puede ocurrir que, por cualquier razón, hayas aprendido mal esta lección en la niñez. No estás convencido de que el amor pueda curar la herida. Te cuesta confiar y te cuesta perdonar. Si este es tu caso, necesitas hablar de ello con alguien. Nunca es tarde para aprender nuevos caminos hacia el amor.
No acaba aquí la cosa. Porque no podemos tener con todos una relación tan cercana. Sin embargo, Jesús nos dice que les amemos también a ellos. Jesús nos resume lo que Dios nos exige en estos dos mandamientos:

Amarás al Señor; tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Aquí, amar quiere decir reconocer que cada persona, para Dios, es tan preciosa y valiosa como nosotros mismos. Esta es la actitud básica, a partir de la cual, podremos desarrollar nuestros sentimientos de amor hacia los demás.

Cuando Gordon Wilson declaró que perdonaba a los terroristas que mataron a su hija, no sabía ni quiénes eran ni hasta qué punto eran culpables. Estaba empezando a sentir el terrible dolor de haber perdido a su hija. Le quedaban aún por delante muchos pasos en su perdón.
Simplemente, estaba declarando que esos asesinos eran seres humanos amados por Dios, por muy culpables que fueran. Estaba expresando que sería posible perdonarlos.

Cuando el P. Son declaró que quería adoptar al asesino de su hijo, confiaba que Dios le enseñaría un nuevo camino más allá del dolor y de la muerte. Confiaba en un Dios cuyo amor puede hacernos, también a nosotros, amantes y amables.
En lo más profundo de nuestros corazones, la mayor parte de nosotros compartimos el convencimiento de que todos los seres humanos son de gran valor, aunque sean culpables. Cuando nos ocurre algo terrible y sentimos odio y deseo de venganza, sufren un vuelco todos nuestros valores. Podemos llegar a echamos atrás y preguntamos: ¿hay que perdonar también en este caso?

Cuando el perdón parece injusto

¿Hay, en verdad, ocasiones en las que está mal el perdonar? Podrías pensar que, una cosa es perdonar la ofensa que te hayan hecho a ti y otra muy distinta cuando el daño se ha hecho a otros. ¿Qué sería de la justicia si lo perdonamos todo?
En 1986, tres hombres irrumpieron en una casa del Oeste de Londres, en busca de dinero. Al no encontrar nada de valor, se enfurecieron. Dos de ellos violaron brutalmente a la hija de la casa. A su padre y a su novio los ataron y golpearon con un bate de béisbol.
La primera reacción de esta familia cristiana fue el perdonar. "Cuando sucedió, me pareció que tenía que perdonar -dijo la muchacha en una entrevista de radio-. Más tarde, le di más vueltas en mi cabeza. Pero sabía que si no perdonaba me destruiría a mí misma".
Once meses más tarde, los tres hombres comparecían en juicio. El juez aplicó sentencias mucho más suaves por la violación que por el robo. Se basaba en que la familia había soportado bien la desgracia. Y decidió que el sufrimiento de la víctima no había sido tan grande.
El padre protestó enérgicamente, diciendo que esto no era justo. Para él no existía contradicción entre el decir "Yo les perdono", por una parte; y el exigir, por otra, que se llevara a cabo todo lo que exige la justicia.
Los padres retienen, muchas veces, el perdón a un niño durante algún tiempo, para que éste sienta el castigo. Una vez cumplido este tiempo, todo vuelve a ser normal. La falta ha quedado perdonada, y el niño vuelve a ser amado y animado.
En el mundo de los adultos, el estado tiene que tener reglas y castigos. Es importante que se haga justicia. El castigo, debe medirse correctamente. Un juez puede sentir amor y simpatía hacia un culpable, y puede sentir deseos de perdonarle. Pero ha de sopesar muy seriamente hasta qué punto ello puede afectar a la comunidad.
Si, ante un delincuente, decimos: "Pobrecillo. Ha tenido una infancia desgraciada", estamos enviando a sus víctimas el mensaje de que no las estimamos ni las protegemos. Estamos infravalorando también al culpable; implícitamente lo estamos despreciando y diciendo que no esperamos mucho de él.
El Nuevo Testamento nos narra que el apóstol Pablo fue encerrado en la prisión de Filipos después de haber sido apaleado por orden de los magistrados. A la mañana siguiente, éstos mandaron ponerle en libertad. Pero Pablo conocía sus derechos.
Podría haber perdonado a los magistrados y marcharse tranquilamente. Muchas veces, él mismo había escrito cartas urgiendo a los cristianos a ser generosos en el perdón. Pero, en esta ocasión, aguardó firme en la prisión hasta que los magistrados llegaran a pedirle excusas.

El perdón es algo que está en el corazón de la fe cristiana. Pero también lo está la justicia.

Nunca ha de usarse el perdón como un escape en una situación conflictiva. Tenemos la obligación de ser valerosos en la preservación de la justicia en el mundo.

Saber decir: "Lo siento"

Ella dijo: Por supuesto que le perdono, pero tendría que habérmelo pedido. ¿Por qué voy a ser yo quien tenía que hacer el primer movimiento?
El dijo: Estoy deseando pedirle perdón, pero no me atrevo a hacerlo. Sé que me va a hacer trizas.
Hasta ahora hemos contemplando el perdón desde el punto de vista de la persona injuriada. Pero, para restaurar plenamente la relación, el perdón supondría únicamente la mitad de todo el proceso. Es necesario el arrepentimiento por parte del injuriador.
El ajuste del perdón con el arrepentimiento es lo que produce la reconciliación.

Perdonar es:
hacerlo gratuitamente
no reclamar compensación alguna
dejar de sentirse resentido

Arrepentirse es:

aceptar el perdón
realizar una restitución apropiada
dejar de sentir culpabilidad o vergüenza


El arrepentimiento puede ser tan difícil como el perdón. Sigue los mismos pasos:


EI arrepentimiento ha de incluir el dominio de los sentimientos
La culpabilidad y la vergüenza son sentimientos que queman tanto como los de dolor o ira. Hay quienes pretenden sepultarlos y rechazan admitir la falta. Otros, en cambio, reaccionan con exceso y se castigan con un remordimiento destructivo.

EI arrepentimiento implica el comprender por qué el otro se ha sentido herido.
Cualquier acontecimiento nunca se ve de la misma manera por ambas partes del conflicto.

EI arrepentimiento exige respeto y amor hacia el otro.
¿Es que no tiene sentido del humor? ¿Por qué arma tanto lío por ello? Si el ofensor pretende que la herida no tiene importancia, está subestimando al ofendido.

Con la reconciliación ocurre muchas veces un problema: ¿Es conveniente que las excusas se pidan públicamente?

La confesión ¿ha de ser pública?

"Dorothy, querida, sé que tengo que pedirte perdón. He pensado cosas terribles de ti desde que te vi cenando con Clifford el otro día. Estoy seguro de que fue algo totalmente inocente. Perdóname por estar celoso".

Existe el peligro de que una petición de perdón sea una manera sutil de manifestar nuestra amargura o crítica hacia alguien.
Hay quien piensa que la confesión tiene que ser lo mismo de pública que la falta cometida.
Los resentimientos privados, normalmente, han de tener soluciones también privadas.
Pero una falta claramente pública -por ejemplo, un robo que haya puesto bajo sospecha a otra gente- exige una confesión pública para poner en claro la culpabilidad.
El adulterio puede ser un caso difícil: es algo muy privado, pero que implica a alguna otra persona.

Donald siempre había sido fiel a EIsa, y ella confiaba en él. Estaba profundamente arrepentido de lo que ocurrió en Viena, cuando la soledad le impulsó a buscar una mujer. Estaba deseando decírselo a EIsa para obtener su perdón y su consuelo.
Pero temía que ella iba a sufrir terriblemente e iba a desconfiar cada vez que él tuviera un viaje. Y empezaría a preocuparse por algún contagio. El mismo andaba cavilando acerca del SIDA. Si no se lo contaba a EIsa, tendría que soportar él solo todo el remordimiento. Era casi imposible que ella se enterara pero, si se enteraba, todo sería mucho peor.
En estas ocasiones es preciso sopesar el alivio que podemos conseguir nosotros con el golpe y el dolor que podemos causar a los demás.

La falta y el pecado siempre podemos confesárselo a Dios. El mejor punto de partida para el arrepentimiento es la oración. Dejando aparte nuestro orgullo herido, ponemos en la presencia de Dios, que es compasivo y misericordioso lento a la cólera y propicio al perdón, que no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas.

Una vez que te hayas reconciliado con Dios, confía en su ayuda para encontrar la mejor manera de reconciliarte con los demás.

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